El aire de la mañana en la ciudad era frío y cargado de smog, un contraste violento con la pureza que había sentido bajo la ducha apenas unas horas antes. Adeline caminaba sin rumbo, con los hombros hundidos y la capucha cubriéndole la mitad del rostro. Cada paso que la alejaba del edificio de Damián se sentía como un hilo que se tensaba hasta quemar.
¿Hasta cuándo?, se preguntaba con una angustia sorda. No lo sabía. Solo sabía que el dolor en su pecho era tan agudo que temía que su corazón se