La sangre ya no corría, pero el dolor seguía ahí, palpitante, como un recordatorio insistente de que su cuerpo había cruzado una línea invisible. Adeline permanecía sentada en el borde de la cama, con la pierna vendada de forma provisional, las manos apoyadas a ambos lados del colchón. El contacto con la tela le resultaba extrañamente reconfortante. Real. Presente.
Santiago guardó el material médico con movimientos precisos, demasiado precisos. Ninguno de los dos habló durante varios segundos.