Damián supo que no estaba solo antes de verlo.
No fue un sonido ni un movimiento concreto, sino una alteración mínima en el aire, una presión distinta en la piel, como cuando el cuerpo reconoce una amenaza antes de que la mente logre nombrarla. El jardín permanecía inmóvil bajo la iluminación perimetral, demasiado ordenado, demasiado silencioso. El arma seguía firme en su mano, pero su pulso era sereno. Aún.
—No te escondes —dijo en voz alta—. Eso es nuevo.
Una figura emergió lentamente