Cinco minutos fueron suficientes para que Damián regresara, equilibrando una caja de pizza en una mano, una copa de vino tinto en la otra y una botella de agua bajo el brazo.
—Servicio a la habitación —anunció, cerrando la puerta con el pie.
La visión de él, tan imponente y vestido de negro, haciendo malabarismos con comida chatarra en mi habitación, rompió la última barrera de mi ansiedad. La tensión del "monstruo del teléfono" se disipó, reemplazada por una calidez doméstica que me resulta