La burbuja de paz que habíamos construido la noche anterior estalló a las nueve de la mañana con tres golpes secos en la puerta.
Santiago entró sin esperar invitación, trayendo consigo el olor aséptico del mundo exterior y una energía que no admitía discusiones. Damián, que estaba sentado en el sillón revisando documentos en una tableta, se puso tenso al instante, pero no gruñó esta vez. Sabía, al igual que yo, que esto era inevitable.
—Buenos días. Se acabó el descanso —anunció Santiago, de