El anciano estiró la mano y tomó una jarra que estaba cerca. Al ver su intención, Sofía tomó un vaso y lo levantó a la altura del anciano para que lo llenara.
—Perdón, hija, a mi edad siempre se me reseca la garganta en las conversaciones largas.
—No se preocupe, abuelo, tengo tiempo para escucharlo —balbuceó Sofía, entregándole el vaso. El anciano dio un sorbo de agua y continuó hablando.
Al día siguiente, intentó llamarla, pero solo escuchó el tono de la contestadora. Preocupado, contactó a l