Lyra no dejaba de pensar en la felicidad de Kael, ni siquiera por un instante. Incluso en su lecho de muerte, cuando toda esperanza de vida se desvanecía, su única preocupación seguía siendo él.
Ya no podía levantarse de la cama. Sus piernas flaqueaban y sus músculos habían perdido toda fuerza. Los medicamentos del tratamiento, que supuestamente prolongarían su vida, aún no llegaban, y cada nuevo día se convertía en un tormento interminable.
—¿Estás lista? —preguntó Ferrer, todavía en desacuerd