—¡Por supuesto que no soy yo! ¡Eres una loba traicionera, malintencionada! —rugió Kael con furia, haciendo que Artemisa se sobresaltara y el recién nacido rompiera en llanto.
Una de las parteras se apresuró a tomar al bebé en brazos para calmarlo, mientras Kael, consumido por la rabia, era incapaz de encontrar un solo rastro de compasión en su corazón. La maldad de Artemisa lo había cegado por completo.
—¡Kael! ¡Sí es tu hijo! —exclamó ella, desesperada—. Solo lo sostuviste unos segundos. No se