El silencio tenso que reinaba en el despacho presidencial se astilló por completo con la entrada de Fabián. Su sola presencia, despreocupada y elegante, parecía desafiar la atmósfera de opresión que Adrián había construido con tanto esmero alrededor de Lia.
Al ver entrar a su primo, Irma cambió su expresión de disgusto por una sonrisa de cortesía social, aunque sus ojos seguían fijos en la reacción de Adrián.
—Hola, Fabián. —¿Cómo estás? —saludó Irma, entonando una voz falsamente melodiosa para