La levantó en vilo de la cintura y la sentó sobre la madera pulida del escritorio. Lia se aferró a sus hombros, sintiendo que el mundo exterior desaparecía por completo.
Con movimientos febriles y cargados de una urgencia salvaje, Adrián llevó sus manos al cuello de la blusa de seda blanca de Lia. Tiró de la tela con tanta fuerza y desesperación que los finos botones de nácar salieron volando por el aire, rebotando sobre la alfombra como granizo plástico, dejando al descubierto su pecho y su fi