En el pasillo, Irma se detuvo en seco al ver la puerta abrirse. Su mirada viajó con rapidez del rostro serio de Lia, que mantenía las mejillas ligeramente sonrosadas, hacia el interior de la oficina. Lia pasó a su lado como si fuera invisible, caminando con paso firme hacia su propio escritorio exterior. No le prestó la menor atención a la mujer que intentaba destruirla; se sentó frente a su computadora, fijó la vista en el gran reloj analógico de la pared y notó con frialdad que la jornada ava