El sonido de su voz la trajo de vuelta a la realidad. Lia se apartó de él con brusquedad, recomponiendo su ropa con manos temblorosas y dando un paso hacia atrás para alejarse del peligro de su cercanía.
—Sí... sí, señor Valenti. Estoy bien, disculpe —balbuceó, recuperando la distancia formal—. Señorita Irma, buenos días. Con su permiso, los dejo a solas.
Lia salió de la oficina a toda prisa, cerrando la puerta detrás de sí y dejándolos solos. Se apoyó contra su escritorio exterior, presionando