El precio del cautiverio
El silencio que siguió a las palabras de Irma se asentó en el despacho como una losa de concreto. Adrián se levantó de su silla presidencial con una lentitud calculada, casi felina, que hizo que el aire de la habitación se volviera denso, difícil de respirar. Metió las manos en los bolsillos de su pantalón gris marengo, manteniendo una postura erguida, imponente, mientras caminaba rodeando el gran escritorio de caoba hasta quedar a escasos centímetros de Lia.
Irma lo ob