La humillación pública
La semana transcurrió entre el frenesí de los informes financieros y la creciente tensión que se respiraba en el aire cada vez que Adrián y Lia compartían el mismo espacio. El aire acondicionado de la oficina parecía incapaz de enfriar el ambiente. Una tarde, el intercomunicador rompió el silencio con un zumbido seco: "Lia, venga a mi oficina".
Lia suspiró, ajustó sus anteojos —esos cristales que se habían convertido en su escudo contra el mundo— y alisó su falda. Al entr