La máscara cae
El salón de fiestas, decorado con un exceso de flores blancas que parecían intentar ocultar la podredumbre moral de la velada, quedó en silencio absoluto cuando la puerta principal se abrió con un estruendo metálico. Adrián Valenti entró como un vendaval, su figura imponente cortando la multitud como un cuchillo a través de la seda. En el centro del salón, la escena era dantesca: Lía estaba en el suelo, con el rostro marcado por la bofetada de su padre y la mirada perdida en la h