Lia sintió una punzada de culpa, pero la reemplazó de inmediato con la determinación de quien ya ha tomado una decisión irrevocable. —Lo sé, mamá. Siempre lo he sabido y siempre he estado agradecida. Pero no puedo quedarme aquí mientras Andrea esté bajo este techo. Es una cuestión de dignidad. Además, no se preocupen por el dinero; las cosas han cambiado. Ya no van a necesitar la ayuda de mi tía.
Ana se quedó mirándola, desconcertada, con una chispa de esperanza luchando contra el escepticismo.