Dante Salvatore Valcárcel
La puerta queda cerrada. Alessia duerme detrás de mí.
No profundamente. No en paz. Una mujer como ella no duerme en paz dentro de una casa llena de serpientes. Pero duerme lo suficiente para que su respiración se vuelva lenta, para que sus dedos dejen de aferrarse a la sábana, para que el cansancio le gane a la guerra por unas horas.
Yo no duermo.
No puedo.
Estoy sentado en el borde de la cama, con la camisa a medio abotonar, los guantes sobre la mesa de noche y el arm