Dante Salvatore Valcárcel
La bodega donde mantenemos a Enzo está al otro lado de la ciudad, detrás de un taller mecánico abandonado. Huele a aceite, humedad y miedo viejo. El tipo está sentado en una silla, más flaco que la última vez que lo vi, con la barba crecida y los ojos hundidos.
Cuando entro, empieza a temblar. Eso me irrita. No por lástima. Porque los cobardes tiemblan antes de ser útiles y eso retrasa las cosas.
—Dante —balbucea—. Yo ya dije todo.
Me quito los guantes lentamente. No p