Alessia Vittoria Bellerose
Despierto con frío. No es un frío normal. No es el aire acondicionado de una habitación elegante ni la brisa húmeda que entra por las ventanas de la mansión cuando llueve. Es un frío viejo, pegado a la piedra, metido en los huesos, en la garganta, en los dedos.
Abro los ojos despacio. La cabeza me pesa. La boca me sabe a metal.
Intento moverme, pero las muñecas me arden. Estoy atada a una silla de hierro, con las manos sujetas a los brazos y los tobillos amarrados a l