CAPÍTULO 77
Sentado tras su escritorio, el señor Navarro observaba las luces de la ciudad a través de la ventana, mientras el contador Estrada, su hombre de mayor confianza y el cerebro analítico tras la firma, revisaba una serie de carpetas con el ceño fruncido. Habían pasado el día entero diseccionando los movimientos de Alexander de la Vega y su nueva esposa, buscando la grieta que Roberto de la Vega les había jurado que existía.
Navarro suspiró, girando su silla para encarar a su empleado.