CAPÍTULO 78
Sentado en el asiento trasero, Roberto observaba el paisaje urbano con una mezcla de hastío y calculada frialdad. A su lado, su hijo Rodrigo jugueteaba con su teléfono, ajeno a la tormenta que su padre estaba terminando de gestar.
Roberto rompió el silencio sin apartar la vista de la ventana.
— Hay que tener vigilado a Fernando Castillo, Rodrigo —dijo, con una voz que no admitía réplicas—. Hoy Estrada me confirmó algo que sospechaba, pero que supera incluso mis especulaciones: Ferna