CAPÍTULO 14
«Qué irónico», pensó Alexander, mirando el techo oscuro del salón privado de su habitación.
Apenas unas horas antes, con una sonrisa de suficiencia, le había advertido a Lucía que el sofá de cuero era frío e incómodo, sugiriéndole que ella terminaría rogando por compartir la cama. Y ahí estaba él, a las cuatro y media de la madrugada, con el cuello entumecido, la espalda dolorida y el orgullo magullado.
No había podido dormir casi nada. Cada vez que cerraba los ojos, la imagen de la