CAPÍTULO 136
Para Samanta el día no comenzaba hasta después del mediodía. Su reloj estaba ajustado a los ritmos artificiales del Club Velvet. Cuando la mayoría de las personas se levantaban para tomar su primer café y enfrentar el tráfico de la mañana, ella apenas estaba cerrando los ojos, buscando el refugio de sus sábanas después de horas de girar, saltar y desnudarse el alma bajo un foco de luz blanca.
La habitación en la que dormía estaba ubicada en un modesto y anticuado edificio de la zon