3. Un pequeño regalo

La lluvia caía suavemente aquella noche, como si el cielo llorara junto con Emma. Las gotas golpeaban el cristal del coche con un ritmo delicado, pero para ella sonaban como una burla. Cada caída le recordaba la destrucción que acababa de ocurrir —una destrucción que ya no podría reparar.

El coche negro que conducía avanzaba por la carretera mojada, dejando atrás la villa majestuosa aún llena de ecos de celebración que ahora se sentían tan lejanos a su vida. Las luces de la calle se reflejaban en los charcos, danzando borrosas tras las lágrimas que no dejaban de correr por sus mejillas.

En su mano apretaba algo con fuerza: una pequeña caja blanca, envuelta con una cinta plateada. El regalo que debía convertirse en la sorpresa más hermosa de la noche. El regalo que pensaba entregar a Harry delante de todos, con una sonrisa radiante y los ojos brillantes.

Un pequeño milagro que había esperado durante meses.

Pero ahora, aquel milagro se sentía como un peso.

Emma detuvo el coche frente a su casa —una gran residencia de estilo moderno que solía parecer cálida y que ahora lucía fría y vacía. Bajó con pasos vacilantes, intentando secarse las lágrimas antes de entrar. Fue inútil. Apenas cerró la puerta, su cuerpo se desplomó en el sofá del salón.

Sus manos temblaban al abrir la pequeña caja. Dentro, un test de embarazo con dos líneas rojas claramente marcadas. Su visión se nubló. Sus labios temblaron sin sonido, hasta que un sollozo contenido terminó por romperse.

—Felicidades, vas a ser padre… —susurró con voz ronca, repitiendo las palabras que debía haber pronunciado aquella noche.

Pero en lugar de la sonrisa feliz de Harry, no hubo abrazo, sino traición.

Un beso prohibido en el jardín trasero —con la mujer en quien ella había confiado.

Fuera de la casa, las luces de un coche se detuvieron no muy lejos del portón. Tras la lluvia, un hombre permanecía inmóvil bajo el aguacero, su abrigo negro empapado, pero sin moverse. James Walker.

Su rostro estaba firme, la mandíbula tensada, conteniendo una mezcla de ira y compasión. Había seguido a Emma desde que salió de la villa —no para espiarla, sino porque su corazón no estaba en paz. James sabía muy bien lo que se sentía al ser traicionado. Él mismo lo había vivido, años atrás. Y al ver a Emma, aquella vieja herida se abría de nuevo.

James llamó suavemente a la puerta. No hubo respuesta. Esperó unos segundos y volvió a llamar, esta vez con más fuerza.

—Emma —dijo con voz grave pero serena—. Soy yo, James. Abre la puerta.

Silencio. Solo la lluvia murmuraba afuera. Finalmente, la puerta se abrió un poco, dejando ver el rostro pálido de Emma y sus ojos hinchados.

—¿Para qué has venido? —su voz era ronca, débil, pero aún defensiva—. No quiero hablar, y menos con alguien de la familia Smith.

James la miró sin enfado. Suspiró suavemente.

—No he venido como miembro de la familia Smith esta noche. He venido porque lo que acabas de vivir no es algo que nadie merezca.

Emma apartó el rostro, conteniendo nuevas lágrimas.

—No necesito tu compasión, James. Sé cómo son ustedes. Los hombres de la familia Smith son iguales —arrogantes, poderosos y siempre convencidos de tener razón.

Sus palabras dolieron, pero James no respondió con dureza. Se limitó a observar a la mujer que, incluso destrozada, conservaba el valor de hablar con tanta firmeza.

—¿Puedo pasar? —preguntó en voz baja.

Emma dudó, pero finalmente cedió.

—Entra. Pero no pienses que voy a defender a tu sobrino.

James entró y cerró la puerta con cuidado tras de sí. La estancia estaba en penumbra, iluminada solo por una lámpara de pie en una esquina. Sobre la mesa había una copa de vino intacta y un pequeño pastel que ahora parecía triste.

—¿Habías preparado todo esto para esta noche? —preguntó James en tono suave.

Emma no respondió. Se sentó de nuevo, mirando hacia la ventana.

—Preparé una sorpresa para mi esposo. Pero él tenía otra, que decidió mostrar delante de todos.

Su voz era áspera.

—Qué irónico, ¿no?

James la observó unos segundos y luego se sentó frente a ella.

—Emma… Harry no te merece.

Ella lo miró de inmediato, con dureza.

—¿Crees que esas palabras pueden borrar lo que vi? ¡Lo vi con mis propios ojos, James! ¡Con mi asistente personal, en el jardín de la villa que decoré con mis propias manos!

Su voz se elevó, y James la dejó desahogarse. Sabía que necesitaba liberar todo el dolor contenido.

Emma se levantó y caminó hacia la chimenea, observando el pequeño fuego encendido.

—Debería haberlo sabido desde el principio. Estaba demasiado ocupada con mi carrera, con mis diseños… Pensé que Harry lo entendía. Pensé que nuestro amor era suficiente.

Se secó las lágrimas con brusquedad.

—Pero no lo era. Todo era su ego.

James se acercó, manteniendo cierta distancia.

—Emma, ¿crees que esto ocurrió porque trabajas demasiado? No. No tiene que ver con eso. Tiene que ver con la debilidad de Harry. Un hombre de verdad no busca consuelo en otra persona solo porque se siente solo.

Emma lo miró con los ojos enrojecidos.

—Hablas como si lo supieras todo.

James guardó silencio un instante.

—Porque estuve en tu lugar.

Aquellas palabras la dejaron inmóvil.

James bajó la mirada.

—Alguien a quien amaba profundamente me traicionó. Solo una vez. Y lo perdí todo por ella. Desde aquella noche juré que nunca toleraría la traición. Ni siquiera dentro de mi propia familia.

Silencio.

Solo la lluvia, como un murmullo triste.

Emma se dejó caer en el sofá.

—Has dicho que lo perdiste todo…

James asintió.

—A la mujer que más amaba. Y al hijo que nunca llegué a ver crecer.

Su voz se quebró levemente al final.

Por primera vez aquella noche, Emma vio el lado humano del hombre frío y arrogante que todos conocían. Había una herida antigua en su mirada, una herida parecida a la suya.

Pero apartó rápidamente aquella compasión. No quería parecer débil.

—No quiero escuchar tu historia triste, James. Solo quiero estar sola.

Él la observó y asintió.

—De acuerdo. Pero me quedaré hasta que te tranquilices.

Emma suspiró con fastidio, pero no lo echó. En lo más profundo de su corazón, su presencia la reconfortaba un poco.

Pasaron varios minutos en silencio. De pronto, el rostro de Emma cambió. Se cubrió la boca con la mano y se inclinó hacia adelante, presa de náuseas.

—¿Emma? —James se acercó de inmediato—. ¿Estás bien?

Ella negó con la cabeza y corrió al baño. Se escucharon arcadas. James permaneció frente a la puerta, dudando si debía entrar. Tras unos instantes, la puerta se abrió ligeramente, mostrando el rostro pálido y húmedo de lágrimas.

—Llamaré a un médico —dijo James con rapidez.

—No hace falta —respondió Emma con dificultad—. Solo… estoy demasiado cansada.

James la ayudó a regresar a la habitación. Acomodó las almohadas y la cubrió con cuidado. Por un instante, su mano se detuvo en la mejilla de Emma —fría, suave, frágil.

Ella abrió los ojos lentamente.

—¿Por qué… te importa tanto? —susurró.

James la miró largo rato.

—Porque sé que no hay nada más doloroso que sentirse solo después de una traición.

Las lágrimas volvieron a deslizarse por el rostro de Emma, pero esta vez no eran de rabia. Las palabras de James parecían sinceras —demasiado sinceras para un hombre como él.

—Me quedaré en el salón —dijo con suavidad—. Si necesitas algo, llámame.

Emma no respondió. Sus ojos se cerraron lentamente, vencida por el cansancio y la tristeza.

James observó su rostro —pacífico en el sueño, aunque aún húmedo de lágrimas. Algo vibró en su pecho, un sentimiento que no debería surgir. Se pasó la mano por el rostro, intentando disiparlo.

Pero al girarse hacia el tocador en la esquina, su mirada se detuvo en un pequeño objeto sobre la mesa —una caja blanca con cinta plateada.

Se acercó despacio y la abrió sin mala intención. Al ver lo que había dentro, su respiración se detuvo.

Un test de embarazo. Dos líneas rojas.

James se quedó inmóvil. Su rostro se tensó.

Sus ojos se dirigieron hacia Emma, dormida profundamente.

—Emma… —susurró—. ¿Estás… embarazada?

Pero ella ya dormía, ajena a todo.

Y afuera, la lluvia caía con más fuerza, como si ocultara el gran secreto revelado aquella noche —un secreto que cambiaría sus vidas para siempre.

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