Salir del baño fue como despertar de un sueño prohibido.
Lucy todavía sentía las piernas temblarle y el rubor extendido por las mejillas cuando Sawyer le tomó la mano y la guió por el pasillo desierto.
La suerte parecía estar de su lado: no había nadie a la vista. Ni una enfermera, ni un médico, ni un residente perdido. Solo ellos y el eco de su respiración agitada.
—¿Te das cuenta de lo que acabamos de hacer? —murmura Lucy, más para sí misma que para él.
—Claro que sí. Y volvería a hacerlo —