Lucy estaba sentada en la sala de espera, con las piernas encogidas en el asiento y la chaqueta que alguien le había dejado envuelta alrededor de sus hombros.
El aire acondicionado del hospital le calaba hasta los huesos y el frío de la madrugada parecía filtrarse por las paredes.
La sensación era casi irreal: el zumbido constante de las lámparas fluorescentes, el olor a antiséptico, el sonido lejano de pasos y puertas abriéndose y cerrándose en otras salas.
Todo parecía distante, como si el