Lucy permanecía en la sala de espera, el corazón todavía latiéndole con fuerza después del caos que había sucedido minutos antes.
Cada respiración le recordaba la delgada línea entre la vida y la muerte.
Su mirada se perdía entre las paredes blancas, tratando de recomponerse, pero sus manos temblaban de manera casi imperceptible.
Sabía que Sawyer había enviado a una enfermera a buscarla, y cuando finalmente apareció, su figura era un salvavidas en medio de la tormenta emocional que la había dejado a punto de quebrarse.
—Doctora Monroe, el doctor Campbell ha dicho que puede regresar al quirófano, pero solo si se mantiene relajada —dijo la enfermera, con voz firme pero compasiva, siguiendo estrictamente las órdenes de Sawyer.
Lucy asintió sin pronunciar palabra, tragándose el nudo que le comprimía la garganta.
Apretó los labios, recordando las palabras de Sawyer: debía concentrarse por su madre.
Era imposible no pensar en todo lo que podía perder si perdía los estribos nuevamente.