Thea continúa insistiendo, con el rostro endurecido y la mirada fría que siempre utilizaba cuando quería imponer su voluntad.
No había rastro de ternura, ni de amor maternal, solo arrogancia y cálculo.
—No te hagas la desentendida, Lucy. Sabes muy bien a lo que me refiero. —Su voz era firme, venenosa, como una daga clavándose con cada palabra—. Dime ahora y deja de armar este teatro. ¿Cuánto te hace falta para que tomes a ese neonato bastardo y desaparezcas de aquí?
Sacó su billetera con un mo