—Qué puta maravilla.
Dice como si hubiese escuchado mis pensamientos y me estuviese respondiendo con un gruñido.
Y entonces empieza a moverse, reculando solo para volver a introducirse en mí una y otra vez, robándome mis respiraciones entrecortadas con sus constantes besos.
La piedra sobre la que tengo apoyada la espalda me permite arquearme para recibir sus embestidas, para que me entre todavía más.
Es más de lo que puedo soportar, es demasiado bueno, y, al mismo tiempo, no es suficiente.