La ciudad parpadea a través de los ventanales, ajena al peso que Alexander lleva en el pecho.
Se sienta en el borde de su cama, la chaqueta del traje aún puesta, la corbata floja, los ojos perdidos en la oscuridad del dormitorio.
El eco de la gala todavía retumba en su mente: las risas falsas, las sonrisas forzadas, la presencia insoportable de Camille a su lado... y, sobre todo, la mirada herida de Isabella, que apenas pudo sostenerse antes de apartarse de él.
Ella piensa que lo ha elegido a