La ciudad se desliza tras el parabrisas como un borrón de luces y sombras.
Alexander conduce sin mirar realmente el camino, guiado por el piloto automático de la costumbre y la necesidad de escapar.
El aire acondicionado sopla frío sobre su rostro caliente, pero no es suficiente para apagar el incendio que arde en su pecho.
Las palabras de Henry retumban en su mente como martillos sobre una losa de piedra. "Quise destruirte. Quise ser tú. Y me perdí en el odio."
Sus nudillos están blancos sob