La oficina está sumida en un silencio denso cuando Alexander entra.
La luz del atardecer se cuela por las amplias ventanas, tiñendo todo con un tono dorado que no logra suavizar la tensión en el aire.
Henry ya lo espera, de pie junto al escritorio, los hombros rectos pero la mirada clavada en el suelo, como si el peso de sus acciones le impidiera alzar la vista.
Alexander cierra la puerta con un clic seco. No dice nada. Solo lo observa, los labios apretados y la mandíbula tensa.
Sus ojos, no