Camille observaba la pantalla de su teléfono con los ojos desorbitados.
Había presionado enviar con la esperanza de desatar el caos, de provocar una reacción en cadena que, como en el pasado, volviera a poner todo en su lugar: ella por encima de todos, adorada por los medios, temida por Isabella, y con Alexander a sus pies, aun si fuera por obligación.
Pero esta vez, nada ocurrió.
Ningún titular sensacionalista abrió los portales de chismes. Ninguna notificación de tendencia. Ninguna llamada