El sol entra tímido por las cortinas, pero no calienta. No en el pecho de Isabella, que se ha convertido en una fortaleza fría.
Desde el sillón del salón, observa la taza de café humeante sobre la mesa sin atreverse a tocarla.
Lleva horas así. Minutos convertidos en siglos. Silencios en los que todo parece normal, y sin embargo, nada lo está.
La ciudad bulle al otro lado de la ventana. Autos, voces, bocinazos. La vida sigue.
Pero dentro de ella, algo está roto. Algo que ni siquiera el amor má