La habitación está envuelta en un silencio espeso, cortado solo por los sollozos ahogados de Emma. Camille observa a la niña con una mezcla de frustración y desesperación en el rostro. Aún sostiene en sus manos el unicornio de peluche que intentó regalarle, un intento fallido de obtener afecto, de reemplazar a la madre que Emma tanto extraña.
—¡No quiero tu estúpido juguete! —grita Emma entre lágrimas, su pequeño cuerpo temblando—. ¡Quiero a mi mami, a mi papi y a mis hermanitos!
Camille siente