Casi cuatro semanas. Veintisiete días en los que Alexander no ha hecho otra cosa más que recuperar el tiempo perdido.
Las visitas a casa de Isabella se han vuelto parte de su rutina: los viernes por la tarde ya está tocando el timbre con una sonrisa nerviosa y un juguete nuevo en la mochila, y los domingos por la noche se marcha con una punzada en el pecho al despedirse.
La conexión con Liam, Emma y Gael ha crecido a un ritmo tan natural como vertiginoso. Lo buscan, lo llaman, lo abrazan co