Emily
El silencio de la habitación del hospital me envuelve como una manta pesada. Las paredes blancas, el olor a desinfectante y el constante pitido de las máquinas que monitorean a mis bebés se han convertido en mi realidad durante las últimas cuarenta y ocho horas. Mis manos descansan sobre mi vientre abultado, sintiendo los pequeños movimientos que me recuerdan que, a pesar de todo, ellos siguen luchando.
—Treinta y dos semanas —murmuro para mí misma, recordando las palabras del Dr. Ramírez