Javier se despertó prácticamente con la almohada pegada en la cara. El peso de la noche anterior aún lo envolvía, y el ambiente era distinto al habitual. Se giró y dirigió la mirada al ventanal, percatándose de inmediato de un hecho desconcertante: no estaba en su casa, sino en la de sus padres. Este descubrimiento añadió una capa de confusión a su despertar.
Con un suspiro profundo y prolongado, Javier intentó despejar la mente, frotándose los ojos con la mano. Poco a poco, los recuerdos de lo acontecido la noche anterior comenzaron a aflorar, trayendo consigo emociones intensas. La angustia lo invadió y, incapaz de contenerse, murmuró para sí mismo:
—Mierda —musitó, con angustia—. Esto es una maldita pesadilla.
Se levantó a los tropezones, yendo hasta el baño para darse una ducha y así al menos poder despejarse un poco.
Pero la angustia no lo dejaba. Le oprimía tanto el pecho que apenas lo dejaba respirar.
Salió del baño con el cabello aun goteando, con la toalla apoyada en la nuca