Samantha y Martín entraron bromeando y riendo, dejando claro el buen humor que compartían tras una noche memorable. Al llegar, se encontraron con Damián, quien los esperaba en el pasillo con los brazos cruzados, simulando estar enfadado.
—¿Estás son horas de llegar? —dijo frunciendo el ceño—. Poco responsable lo suyo doctor Santamaría. Si usted quiere la mano de mi niña, tendrá que comportarse y traerla a horario.
Ante el comentario, la pareja no pudo evitar reírse, aunque la situación le provocó a Samantha una ligera sensación de vergüenza por estar bajo la mirada inquisitiva de su mejor amigo.
—¿Ahora te pones colorada? —dijo con tono jocoso el diseñador—. ¡No seas ridícula! Después de lo que hiciste anoche... uf...
Samantha, intrigada por la reacción de los demás y buscando respuestas, tomó el brazo de Damián y preguntó con curiosidad:
—¿Todos se dieron cuenta cuando me fui?
El hombre hizo un gesto teatral con sus manos.
—Nena, medio Buenos Aires debe saber que anoche ustedes dos s