El agua le empapó el vestido al instante, pegándole el pelo al rostro, pero la chica siguió corriendo como si cada segundo que perdía fuera un ladrillo más sobre el pecho de él.
El portón del salón estaba abierto. Afuera, la noche era un borrón oscuro, apenas iluminado por las farolas que había en el lugar. Samantha bajó los escalones casi de un salto, resbalándose un poco, maldiciendo entre dientes mientras buscaba desesperada entre las luces rojas de los frenos de algún auto.
—Por favor… Mart