Después de que Samantha se marchara de la fiesta, Javier la siguió a distancia, con esa esperanza terca que solo tienen los hombres que nunca aprendieron a perder. En su cabeza repetía un mantra absurdo: que Martín ya se hubiera ido, que ella se quedara sola, que el frío de la noche la hiciera recapacitar y volver a él.
Su orgullo era un muro infranqueable; no podía, ni quería, entender que Samantha lo había dejado atrás para siempre. Se aferraba a una ilusión gastada, convencido de que entre e