Martín salió casi a ciegas, como si necesitara escapar antes de quebrarse ahí mismo. Caminó entre la multitud sin mirar atrás, sin escuchar nada, ni siquiera a Constanza cuando lo llamó dos veces. La tercera, ella tuvo que correr y agarrarlo del brazo para frenarlo.
—¡Martín! ¿Adónde vas? —preguntó, jadeando un poco, porque él no se había detenido realmente.
Él se giró lo justo. Su rostro estaba desencajado; los ojos brillosos, la mandíbula tensa, la respiración demasiado corta. Ese tipo de dol