Martín salió casi a ciegas, como si necesitara escapar antes de quebrarse ahí mismo. Caminó entre la multitud sin mirar atrás, sin escuchar nada, ni siquiera a Constanza cuando lo llamó dos veces. La tercera, ella tuvo que correr y agarrarlo del brazo para frenarlo.
—¡Martín! ¿Adónde vas? —preguntó, jadeando un poco, porque él no se había detenido realmente.
Él se giró lo justo. Su rostro estaba desencajado; los ojos brillosos, la mandíbula tensa, la respiración demasiado corta. Ese tipo de dolor que un hombre trata de ocultar… y no puede.
—Me voy a mi casa, Cony —dijo, con una mezcla de derrota y enojo que no le conocía—. No tendría que haber venido. Fue un error desde el principio. Le dije todo, absolutamente todo lo que sentía. Otra vez. ¿Y para qué? No sirvió de nada. Ella eligió a Javier.
Constanza abrió la boca para decir algo, pero él siguió, como si necesitara vaciarse un poco para no explotar.
—Estoy cansado —murmuró, pasándose la mano por el rostro como si quisiera sacarse e