Javier no había podido pegar un ojo en toda la noche. A pesar de tomar algo para conciliar el sueño, le había sido imposible hacerlo. Nada parecía aliviar el peso que sentía en su interior; la culpa y la angustia le carcomían el alma y no encontraba paz ni consuelo.
Su mente, nublada y confusa, no le permitía entender por completo todo lo que le sucedía. Se sentía desbordado por sus propias emociones, incapaz de manejarlas o de ordenarlas. La sensación de estar perdido dentro de sí mismo le acompañaba constantemente y la incertidumbre sobre cómo actuar lo paralizaba.
A pesar de ese caos interno, Javier había tomado una decisión clara: le daría el divorcio a Samantha. Aunque él sentía que estaba desordenado por dentro, lo único que tenía en claro era que ella se merecía ser feliz de una vez por todas. Entendía que, aunque le costara asumirlo, debía permitir que Samantha encontrara la felicidad que merecía.
Aun si eso, lo hallaba en Martín. Estaba dispuesto a tragarse su ego, sus celos