Mundo ficciónIniciar sesiónEl trayecto hasta el departamento estuvo acompañado por una tranquilidad que hacía mucho tiempo Lia no experimentaba. La pintura descansaba cuidadosamente protegida en el vehículo que la seguía, mientras ella conducía sonriendo de vez en cuando al imaginar la expresión de Elian cuando descubriera el regalo que había conseguido para él.
Aquella obra no era únicamente una pieza valiosa; representaba los cinco años que habían construido juntos, los sacrificios compartidos, las guerras libradas hombro con hombro y el sueño que, al fin, se haría realidad al día siguiente cuando pronunciara el "sí" frente al altar.
Al detenerse frente al edificio, saludó al personal de seguridad con la naturalidad de quien llevaba años entrando y saliendo de aquel lugar. Los guardias le devolvieron el saludo con respeto mientras uno de ellos sonreía.
—Señorita Lia, felicidades por la boda. Mañana será un gran día.
Ella respondió con una sonrisa cálida.
—Gracias. También lo espero.
Subió al ascensor sujetando la pequeña caja donde descansaban los anillos que el joyero había ajustado esa misma tarde. Había insistido en recogerlos personalmente porque deseaba probárselos a Elian antes de la ceremonia. Quería verlo reír, abrazarlo y convencerlo de descansar temprano para que al día siguiente todo saliera perfecto.
Las puertas del ascensor se abrieron lentamente y Lia caminó por el pasillo con una tranquilidad que contrastaba con el torbellino de emociones que llevaba en el pecho.
Cuando introdujo la llave en la cerradura descubrió que la puerta no estaba completamente cerrada. Frunció ligeramente el ceño. Elian siempre era extremadamente cuidadoso con la seguridad de su hogar, por lo que encontrar la puerta apenas entornada le resultó extraño.
—¿Eli? —preguntó mientras empujaba suavemente la puerta.
Nadie respondió.
Entró despacio dejando el bolso sobre una consola del recibidor. El departamento permanecía tenuemente iluminado y sobre la mesa del comedor había una botella de vino abierta junto a dos copas a medio servir. Lia sonrió divertida al pensar que quizá él también había preparado una sorpresa para celebrar la última noche antes de la boda.
Entonces escuchó un sonido.
Primero fue un suspiro ahogado, después un gemido femenino, su sonrisa desapareció lentamente.
Permaneció inmóvil durante unos segundos intentando convencerse de que había entendido mal, pero otro gemido, mucho más intenso, atravesó el silencio del departamento. Esta vez vino acompañado por una voz masculina que conocía mejor que la suya propia.
Era Elian.
El corazón comenzó a latirle con fuerza mientras avanzaba por el pasillo. Cada paso parecía más pesado que el anterior y una sensación desconocida le oprimía el pecho. No quería abrir aquella puerta. No quería descubrir qué ocurría detrás de ella, porque una parte de su corazón seguía aferrándose a la esperanza de que todo tuviera una explicación.
Cuando llegó frente a la habitación principal, la puerta permanecía entreabierta.
Lia la empujó lentamente y, en ese momento, su mundo dejó de girar.
Sobre la cama, completamente desnuda, una mujer permanecía apoyada sobre sus manos y rodillas mientras Elian la sujetaba con firmeza por la cintura. Sus cuerpos se movían al mismo ritmo y ninguno de los dos pareció notar su presencia hasta que el pequeño estuche con los anillos cayó de las manos de Lia y golpeó el suelo con un sonido seco.
Elian levantó la cabeza.
Durante unos segundos ambos quedaron mirándose en silencio, las lágrimas comenzaron a llenar los ojos de Lia sin que ella pudiera impedirlo.
—...¿Eli?
Su voz apenas fue un susurro.
—¿Qué... qué significa esto?
La mujer giró apenas el rostro y, lejos de avergonzarse, observó a Lia con una sonrisa cargada de arrogancia antes de gemir con mayor fuerza, moviéndose para que Elian siguiera.
Elian exhaló lentamente y terminó lo que estaba haciendo con una tranquilidad que destrozó el último pedazo de esperanza que aún quedaba en el corazón de Lia. Sus embestidas se hicieron más brutales hasta que se descargó dentro de esa mujer con un gemido bajo. Solo después se apartó de ella dejándola caer en la cama, tomó una bata negra que descansaba sobre un sillón y se la colocó mientras encendía un cigarrillo.
—Bueno... supongo que ya era hora de que lo supieras.
Lia negó con la cabeza incapaz de comprender lo que estaba viendo.
—Dime que esto no es real.
Él soltó una pequeña risa.
—Claro que es real.
—Mañana nos casamos...
—Precisamente por eso.
Ella dio un paso hacia él.
—¿Por qué?
Elian apoyó una mano sobre la encimera del bar y la observó con una serenidad que resultaba mucho más cruel que cualquier grito.
—Porque soy un jefe de la mafia, Lia. Ningún Don importante vive para una sola mujer. Durante cinco años fui únicamente tuyo y cumplí con mi palabra, pero hace unos meses comprendí que no tenía sentido seguir limitándome, sobre todo ahora que tengo tanto poder.
Las lágrimas comenzaron a rodar por las mejillas de Lia.
—Tú me prometiste que siempre seríamos solo nosotros.
—Y seguiremos siéndolo.
Ella levantó la vista confundida.
—Serás mi esposa. Llevarás mi apellido, administrarás la organización conmigo y seguirás siendo la única donna. Eso no cambia porque de vez en cuando me folle a otras mujeres.
Lia sintió que el estómago se revolvía.
—¿Hablas en serio?
—Completamente.
Él dio una calada al cigarrillo antes de continuar con absoluta naturalidad.
—De hecho, el matrimonio de mañana tendrá que aplazarse unos días.
Ella abrió los ojos sin poder creer lo que escuchaba.
—¿Qué acabas de decir?
—Quiero disfrutar una verdadera despedida de soltero. Pasaré los próximos cinco días con ella y después volveré para casarnos. Tú solo llama al sacerdote y cambia la fecha. No debería representar un problema para alguien tan eficiente como tú.
El silencio que siguió resultó insoportable.
Lia observó a la mujer que continuaba recostada sobre la cama sonriendo con descarada superioridad y sintió cómo algo dentro de ella una rabia envuelta en dolor subía sin poder detenerla.
La bofetada resonó con fuerza en toda la habitación.
El rostro de Elian se giró por el impacto, pero solo tardó un segundo en volver a mirarla. Sin perder la calma sujetó la muñeca de Lia con firmeza.
—No vuelvas a hacer eso.
Ella intentó soltarse.
—Suéltame asqueroso bastardo.
—He mandado cortar cabezas por mucho menos. Hoy te lo perdono porque eres la mujer que amo, pero no vuelvas a cruzar ese límite o no respondo.
Lia sintió que aquella frase le producía más asco que la propia infidelidad.
—¿Llamas amor a esto?
—Claro que sí, yo te amo.
—No... tú amas el poder. A mí solo me quieres donde siempre estuve: resolviendo tus problemas mientras tú haces lo que se te da la gana.
Elian suspiró con evidente impaciencia.
—Estás exagerando. Todas las grandes familias funcionan igual. Lo entenderás cuando seas mi esposa y te acostumbres a esta nueva vida.
Lia lo observó durante varios segundos. Frente a ella ya no estaba el hombre del que se había enamorado cinco años atrás, sino un desconocido vestido con su mismo rostro.
Una lágrima descendió lentamente por su mejilla, Elian la limpió con el pulgar en un gesto que antes le habría parecido tierno y que ahora solo le provocó repulsión.
—No llores. Cuando vuelva te compensaré todo este mal rato.
Ella retiró bruscamente su mano.
—Recuerda bien este momento, Elian Santana.
Él arqueó una ceja.
—¿Por qué?
Lia sacó lentamente el teléfono de su bolso. Sin decir una palabra tomó una fotografía de la mujer desnuda sobre la cama, otra de Elian con la bata abierta y finalmente guardó el celular.
—Porque acabas de tomar la peor decisión de tu vida.
Elian dejó escapar una carcajada.
—Vamos, cariño. Tú jamás podrías vivir sin mí, acéptalo, me amas demasiado, serás mi única Donna, nadie jamás te quitará ese lugar, solo debes cerrar los ojos cuando me folle una que otra mujer, siempre volveré a ti.
Ella sonrió por primera vez desde que había entrado al departamento, pero aquella sonrisa estaba completamente vacía.
—No tienes la menor idea de quién soy cuando dejo de amar Elian.
Sin esperar una respuesta, recogió del suelo el estuche con los anillos y salió del departamento sin volver la vista atrás. Cuando las puertas del ascensor se cerraron frente a ella, las lágrimas dejaron de caer y fueron reemplazadas por una mirada tan fría que ni ella misma recordaba haber tenido alguna vez.
Cinco minutos después, el automóvil negro abandonó el edificio a toda velocidad.
Lia ya no se dirigía a casa. Había tomado una decisión y esa decisión llevaba un solo nombre.
Giorgio Bellamonte.







