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Llegaste cuando ella te necesitaba

La antigua iglesia italiana estaba rodeada por vehículos de lujo y hombres armados que vigilaban cada acceso con absoluta discreción. Para cualquier ciudadano parecía la boda de dos importantes empresarios, pero quienes pertenecían al bajo mundo sabían que aquella ceremonia reunía a varios de los Don más influyentes del país.

Las invitaciones habían sido enviadas apenas unas horas antes y, aun así, nadie se atrevió a rechazar la convocatoria de Giorgio Bellamonte.

Dentro del templo, el ambiente era solemne. Los vitrales proyectaban destellos de colores sobre el mármol blanco, mientras el altar, adornado con rosas y orquídeas, esperaba el inicio de la ceremonia.

Giorgio permanecía de pie frente al sacerdote con un impecable traje negro italiano. Su expresión era tan serena como siempre, aunque su atención permanecía fija en la entrada principal.

Su mano derecha se acercó con discreción.

—Don, todos los invitados importantes ya llegaron.

Giorgio asintió sin apartar la vista de las puertas.

—¿Y ella?

—Está por llegar.

Él respiró despacio recordando la noche anterior, cuando había cruzado aquellas puertas, aunque no las de una iglesia, si no lad e la casa de la residencia Rosseti para pedir formalmente la mano de Lia.

Matteo lo recibió en su despacho con dos vasos de whisky ya servidos, como si hubiera sabido que tarde o temprano aquel momento terminaría llegando.

—Así que era verdad. El gran Giorgio Bellamonte vino a mi hogar después de tanto.

—No podía pedir la mano de su hija por teléfono.

Una leve sonrisa apareció en el rostro del Don.

—Tu padre estaría orgulloso de ver esto.

Giorgio bajó la vista apenas un instante.

—Hace muchos años creí que ya no sería posible.

Matteo dio un pequeño sorbo al whisky antes de observarlo con detenimiento.

—No sé cómo lo conseguiste... pero bienvenido a la familia.

Apoyó una mano sobre su hombro y añadió con absoluta naturalidad:

—Siempre debiste ser tú mi yerno.

Por primera vez, Giorgio permaneció unos segundos sin responder.

—Llegué demasiado tarde.

Matteo negó lentamente.

—No. Llegaste cuando ella más te necesitaba.

El silencio volvió a instalarse entre ambos.

—¿Sabes por qué ayudé a Santana a levantar su organización?

Giorgio no respondió.

—Porque mi hija era feliz. Mientras la veía sonreír, cualquier decisión valía la pena.

Dejó el vaso sobre el escritorio y volvió a mirarlo.

—Solo voy a pedirte una cosa.

—Lo escucho.

—No permitas que vuelva a olvidar quien es.

Giorgio sostuvo su mirada con la misma frialdad que lo caracterizaba.

—Mientras lleve mi apellido... nadie volverá a humillarla.

Los acordes de la marcha nupcial devolvieron a Giorgio al presente.

Todos los invitados se pusieron de pie cuando las enormes puertas de la iglesia comenzaron a abrirse lentamente.

Lia apareció del brazo de Matteo Rosseti y un murmullo recorrió el templo. Muchos de los presentes jamás imaginaron que la joven conocida durante años como la prometida del Don Santana era, en realidad, la única heredera del apellido Rosseti.

El vestido blanco caía con elegancia sobre su figura y un delicado velo descansaba sobre su cabello oscuro. Caminaba con la espalda recta, el mentón en alto y una serenidad que ocultaba perfectamente el dolor que había sentido apenas un día antes. Ya no era la prometida de Elian Santana. Frente a todos volvía a ser la heredera de una de las familias más poderosas de la mafia italiana y pronto la Donna del imperio Bellamonte.

Giorgio sintió que el tiempo parecía detenerse.

Ella levantó la vista, sus miradas se encontraron y, por primera vez desde que se conocían, ninguno  quería pelear, solo una tregua que ayudaría a los dos.

A varios kilómetros de allí, Elian Santana permanecía completamente ajeno a lo que estaba ocurriendo.

El amplio dormitorio seguía impregnado por el perfume de la mujer que compartía su cama. Sus embestidas eran intensas, sostenía a la mujer como si fuera una muñeca para su placer personal, después de volver a terminar dentro de ella, Elian se dejó caer sobre el cabecero, encendió un cigarrillo y observó con satisfacción cómo su acompañante se acomodaba junto a él.

—¿No era hoy tu boda? —preguntó ella con una sonrisa divertida.

Elian soltó una carcajada.

—Lia me esperaría toda la vida si fuera necesario, seguro ya habló con todos los invitados y aplazó la boda.

La mujer besó lentamente su cuello.

—Pobre mujer.

Él sonrió con arrogancia.

—No te preocupes por ella. Preocúpate solo de complacerme hasta que me aburra. El dinero que recibirás compensará cualquier esfuerzo.

En ese momento el teléfono comenzó a sonar sobre la mesa de noche, Elian miró la pantalla. Era su mano derecha. Frunció ligeramente el ceño y dejó que la llamada terminara.

Segundos después volvió a sonar.

La ignoró otra vez. La mujer sonrió mientras acariciaba lentamente su pecho.

—Parece importante.

—Si realmente lo fuera, estaría aquí.

El teléfono sonó por tercera vez, pero Elian la ignoró tomando el rostro de la mujer y dirigiéndola a su entrepierna.

—Haz lo tuyo.

Elian cerró los ojos disfrutando mientras la mujer lo envolvía con su boca, hasta que su celular sonó una cuarta vez.

Finalmente, con evidente fastidio, respondió.

—¿Qué demonios pasa?

Su mano sostuvo el cabello de la mujer hundiéndose más en su garganta, mientras al otro lado de la línea solo se escuchaba una respiración agitada.

—Don... tiene que venir a la iglesia inmediatamente.

Elian cerró los ojos con molestia.

—Estoy ocupado —dijo mirando cómo la cabeza de la mujer se movía sobre él.

—Es sobre la señorita Lia.

Una sonrisa confiada apareció en su rostro.

—¿Qué pasa con ella? La boda se aplazó.

Hubo un breve silencio.

—Don...

—¡¡¿Qué?!! Arrrghh 

Un gruñido salió de su pecho mientras apretaba la cabeza de la mujer contra él hundiendose completamente dejando salir su carga casi ahogándola.

—La señorita Lia no aplazó la boda.

La sonrisa desapareció lentamente de su rostro.

—¿Qué acabas de decir?

—Acaba de entrar a una iglesia vestida de novia... del brazo de Don Matteo Rosseti.

Elian permaneció inmóvil.

—¿Qué?

—Como lo escucha. Estoy en la Basílica de San Michele observándola.

Elian sintió que el corazón le daba un vuelco.

—¿Qué dijiste?

La respuesta llegó acompañada por una voz cargada de incredulidad.

—Se está casando con Giorgio Bellamonte.

El vaso de whisky que había tomado se resbaló entre sus dedos y estalló contra el suelo. La mujer que permanecía sobre él dio un pequeño salto.

—¿Qué ocurre?

Elian ya no la escuchaba. Su respiración comenzó a acelerarse.

—Repite ese nombre...

Al otro lado de la línea hubo una breve pausa.

—El novio es Don Giorgio Bellamonte.

Durante varios segundos, Elian fue incapaz de moverse.

El color abandonó lentamente su rostro mientras una sensación desconocida recorría todo su cuerpo.

No era rabia, no eran celos, era miedo.

El miedo de comprender, demasiado tarde, que acababa de entregar con sus propias manos a la mujer más importante de su vida... al único hombre al que jamás debió darle una oportunidad y al único que no podría desaparecer por mirar a su mujer.

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