La antigua iglesia italiana estaba rodeada por vehículos de lujo y hombres armados que vigilaban cada acceso con absoluta discreción. Para cualquier ciudadano parecía la boda de dos importantes empresarios, pero quienes pertenecían al bajo mundo sabían que aquella ceremonia reunía a varios de los Don más influyentes del país.Las invitaciones habían sido enviadas apenas unas horas antes y, aun así, nadie se atrevió a rechazar la convocatoria de Giorgio Bellamonte.Dentro del templo, el ambiente era solemne. Los vitrales proyectaban destellos de colores sobre el mármol blanco, mientras el altar, adornado con rosas y orquídeas, esperaba el inicio de la ceremonia.Giorgio permanecía de pie frente al sacerdote con un impecable traje negro italiano. Su expresión era tan serena como siempre, aunque su atención permanecía fija en la entrada principal.Su mano derecha se acercó con discreción.—Don, todos los invitados importantes ya llegaron.Giorgio asintió sin apartar la vista de las puert
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