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Demasiado tarde para arrepentirse

La iglesia permanecía en un silencio absoluto.

Todos los invitados mantenían la vista fija sobre la pareja que permanecía frente al altar. El sacerdote sonrió con serenidad antes de cerrar el libro que sostenía entre las manos.

—Si no existe impedimento alguno para esta unión, procederemos al intercambio de anillos.

Un joven se acercó llevando una pequeña bandeja de plata donde descansaban las alianzas.

Lia contempló aquellos anillos durante unos segundos. Veinticuatro horas antes habían sido otros, unos que jamás volverían a salir de la caja donde los había guardado.

El sacerdote tomó una de las alianzas y la entregó a Giorgio.

—Don Giorgio Bellamonte... coloque el anillo en la mano de su futura esposa.

Giorgio sostuvo la joya entre sus dedos y levantó lentamente la vista hacia Lia.

Ella también lo observaba. No existía amor entre ellos, tampoco confianza, solo un acuerdo nacido de una traición.

Sin embargo, ambos entendían perfectamente que, una vez aquel anillo cruzara el dedo de Lia, ninguna guerra podría separarlos sin provocar un terremoto dentro de toda la mafia italiana.

Giorgio tomó con delicadeza la mano izquierda de Lia. Su piel era suave, pero estaba fría. Ella no la retiró y la alianza descendió lentamente hasta acomodarse en su dedo anular.

El sacerdote sonrió.

—Ahora usted, señorita Lia.

Lia tomó el segundo anillo. Respiró profundamente.

Levantó la mano de Giorgio y observó durante un instante el rostro del hombre que apenas unas horas antes había sido su peor enemigo, él no dijo nada, simplemente sostuvo su mirada con aquella serenidad que parecía no romperse jamás, Lia comenzó a deslizar lentamente la alianza. Fue entonces cuando las enormes puertas de la iglesia se abrieron de golpe.

El estruendo hizo que todos los presentes giraran al mismo tiempo. Un hombre apareció en la entrada respirando con dificultad.

Su camisa blanca permanecía abierta en el cuello, mostrando marcas de chupetones; varios botones estaban mal cerrados y el cabello, normalmente impecable, lucía completamente desordenado. Ni siquiera había tenido tiempo de ponerse una chaqueta. Sus ojos recorrían desesperadamente el templo hasta detenerse en el altar.

Elian Santana era un demonio que parecía dispuesto a destruir el lugar, durante unos segundos nadie pronunció una sola palabra. Los invitados comenzaron a murmurar entre ellos, muchos ya sabían sobre la cancelación de la boda. Nadie esperaba verlo aparecer de aquella manera.

Los ojos de Elian se clavaron sobre Lia. Después descendieron hasta la mano de Giorgio y finalmente... hasta el anillo que Lia sostenía entre sus dedos.

Su respiración comenzó a acelerarse.

—No...

Sus labios apenas dejaron escapar aquel susurro. Dio un paso hacia adelante, luego otro. Su desesperación iba reemplazando lentamente la incredulidad.

—¡Lia!

Toda la iglesia volvió a quedar en silencio. Ella giró lentamente el rostro, lo miró con desprecio. No había lágrimas, no había tristeza, mucho menos amor, solo una calma tan absoluta que Elian sintió un escalofrío recorrerle la espalda.

—¿Qué demonios estás haciendo? —preguntó mientras avanzaba entre los bancos sin apartar la vista de ella—. ¡Detén esta locura ahora mismo!

Nadie respondió, los hombres de Matteo Rosseti observaron a su Don esperando una orden. Los escoltas de Giorgio permanecían inmóviles, también esperando la orden de su jefe.

Y Giorgio... ni siquiera giró completamente hacia Elian, continuó de pie junto a Lia, como si la irrupción del jefe de la organización Santana no fuera suficiente para alterar su tranquilidad.

Aquella indiferencia terminó de enloquecer a Elian.

—¡Te estoy hablando, Lia!

Ella sostuvo el anillo entre los dedos durante unos segundos más. Después, sin apartar la vista de Elian, tomó lentamente la mano de Giorgio. El corazón de Elian comenzó a golpear con violencia contra su pecho.

—Lia... no...

Su voz sonó quebrada por primera vez.

—No te atrevas...

Lia deslizó apenas unos milímetros la alianza sobre el dedo de Giorgio. Elian sintió que el mundo se derrumbaba frente a sus ojos mientras Lia terminaba de colocar el anillo en el dedo de su ahora esposo.

—¡¡LIA, NO TE ATREVAS!! ¡¡VEN AQUÍ!! ¡¡¡TE LO ORDENO!!!

Su grito retumbó entre las paredes de la iglesia mientras toda la mafia observaba, en absoluto silencio, cómo el hombre que había despreciado a su prometida llegaba demasiado tarde para reclamar lo que él mismo había decidido perder. Mientras Lia lo miraba con desprecio y una sonrisa burlona, al verlos ordenarle algo a la mismísima hija de Matteo Rosetti.

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