Cásate conmigo

El automóvil negro abandonó la avenida principal dejando atrás el edificio donde Lia había enterrado cinco años de su vida. Durante todo el trayecto no derramó una sola lágrima. Mantuvo ambas manos firmes sobre el volante mientras las luces de la ciudad se reflejaban sobre el parabrisas y una única idea comenzaba a tomar forma dentro de su cabeza.

Elian estaba convencido de que ella regresaría para esperarlo. Creía que bastaría con unas cuantas palabras y una promesa vacía para mantenerla a su lado, porque durante años la había visto resolver cada problema de la organización sin cuestionar jamás sus decisiones. Había confundido su lealtad con sumisión y su amor con debilidad.

Lia respiró profundamente mientras tomaba una desviación. Recordaba a su padre adorando a su madre. Jamás tuvo otra mujer en su vida, jamás hubo alguna aventura. Es más, él jamás hizo tratos con algún jefe que fuera infiel. Siempre decía:

"Si puede traicionar a la mujer que ama tan fácilmente, también puede traicionarme a mí."

Aquellas palabras la sacaron de ese aturdimiento. Jamás volvería a arrodillarse por un hombre, jamás volvería a entregar su corazón para que lo rompieran y jamás le daría el poder a nadie para hacerle daño.

Elian no tenía la menor idea del demonio que acababa de desatar.

Detrás de ella circulaba una camioneta blindada donde viajaban los especialistas encargados de transportar la pintura adquirida en la subasta. El conductor la siguió hasta detenerse frente a una enorme mansión de arquitectura italiana rodeada por altos muros de piedra, cámaras de seguridad y hombres armados que vigilaban cada acceso.

La residencia Bellamonte.

Apenas descendió del vehículo, más de una decena de armas apuntaron directamente hacia ella.

—¡Alto!

Los hombres intercambiaron miradas de desconcierto al reconocer a la mujer que tenían delante.

—¿Señorita Lia?

La mano derecha de Giorgio, que inspeccionaba la vigilancia, la vio con evidente sorpresa. Ella permaneció completamente inmóvil.

—Necesito hablar con Giorgio.

El hombre frunció el ceño, dudó unos segundos antes de llevarse el comunicador al oído.

—Don Bellamonte... la señorita Lia está en la entrada.

Al otro lado se hizo un breve silencio.

—¿Está sola?

—Sí, Don... aunque trae un vehículo con una carga protegida.

Pasaron apenas unos segundos antes de que llegara la respuesta.

—Déjenla pasar.

Las enormes rejas comenzaron a abrirse lentamente.

Los escoltas bajaron sus armas mientras Lia avanzaba con la misma serenidad con la que había entrado cientos de veces en territorio enemigo durante negociaciones de alto riesgo.

Ninguno de los hombres era capaz de comprender por qué la mujer más cercana a Elian Santana acababa de cruzar voluntariamente las puertas de su peor enemigo.

Un mayordomo la condujo por un amplio recibidor decorado con mármol negro, esculturas clásicas y enormes ventanales que dominaban los jardines iluminados. Todo respiraba lujo, poder y un orden casi obsesivo.

Finalmente abrió las puertas de un despacho.

Giorgio permanecía sentado detrás de un antiguo escritorio de nogal. Vestía un traje negro impecable, sostenía un vaso de whisky entre los dedos y un puro descansaba lentamente consumiéndose en un cenicero de plata. Al verla entrar levantó apenas una ceja, incapaz de ocultar la sorpresa que aquella visita le producía aunque sus ojos grises la observaban con intensidad.

—Nunca imaginé que terminarías visitando mi casa por voluntad propia.

Lia cerró la puerta a su espalda.

—Yo tampoco.

Giorgio observó su rostro con atención. Los ojos ligeramente enrojecidos, el maquillaje impecable y aquella calma excesiva le indicaban que algo grave acababa de suceder.

—¿Qué hizo Santana?

Ella sonrió con amargura.

—Siempre fuiste muy inteligente.

—No respondiste mi pregunta.

Lia abrió lentamente la galería de su teléfono y dejó el aparato sobre el escritorio.

Giorgio bajó la mirada. La fotografía mostraba exactamente lo necesario.

Elian, con otra mujer completamente desnuda, no hacía falta explicar nada más.

El silencio que invadió el despacho resultó mucho más peligroso que cualquier amenaza.

Los dedos de Giorgio comenzaron a apretar lentamente el vaso de cristal hasta que los nudillos se volvieron blancos.

—Ya veo...

Su voz salió extrañamente tranquila.

—Mañana era tu boda.

—Así es y lo seguirá siendo.

—¿Cómo?

Lia sostuvo su mirada.

—Necesito un nuevo novio.

Él dejó escapar una pequeña risa incrédula.

—¿Perdón?

—Cásate conmigo mañana.

Por primera vez en muchos años, Giorgio Bellamonte perdió completamente la compostura. La sorpresa cruzó fugazmente su rostro antes de desaparecer bajo aquella expresión fría que lo caracterizaba.

—Tienes valor para entrar en la casa de tu mayor enemigo y pedirme algo así.

—Ya no eres mi enemigo.

Él sonrió de lado.

—Eso es nuevo.

—Mi enemigo ahora es el hombre al que acabo de dejar.

Giorgio se levantó lentamente del sillón y comenzó a caminar alrededor del escritorio sin apartar los ojos de ella.

—¿Qué te hace pensar que aceptaré?

—Porque llevas años intentando destruir a Elian.

—Eso no significa que quiera casarme contigo.

—No. Significa que esta es la oportunidad perfecta para hacerlo caer, además de ridiculizarlo al quitarle a su prometida.

Él quedó frente a ella.

—¿Y qué gano exactamente?

Lia respiró profundamente.

—Jamás volveré a interferir en tu guerra contra Santana. Pondré mis contactos, mis negociaciones y toda mi experiencia al servicio de tu organización. Haré crecer el apellido Bellamonte como pensaba hacer crecer el apellido Santana, solo tengo una condición.

—¿Cuál?

—Respáldame cuando empiece a destruir todo lo que le entregué a Elian.

Una leve sonrisa apareció en los labios de Giorgio.

—Hablas como una verdadera Donna.

—Lo soy y lo sabes. Siempre lo he sido.

Él inclinó ligeramente la cabeza.

—¿Y nuestro matrimonio?

—Será un acuerdo. Compartiremos apellido, poder y objetivos. Nada más. No entrarás en mi habitación y yo no entraré en la tuya. Puedes acostarte con quien quieras. No me interesa tu vida privada.

Giorgio soltó una pequeña carcajada.

—Lo tienes todo pensado.

—No pienso volver a enamorarme ni volverme débil.

Durante unos segundos él simplemente la observó. Después habló con absoluta tranquilidad.

—Yo sí tengo una condición.

—Te escucho.

—Jamás me mientas.

Lia frunció ligeramente el ceño.

—¿Eso es todo?

—Eso es todo.

Ella extendió lentamente la mano.

—Entonces tenemos un trato.

Giorgio no la estrechó de inmediato, en lugar de eso caminó hasta el ventanal cuando escuchó el ruido de un vehículo entrando en la propiedad. Uno de sus hombres apareció en la puerta.

—Don Bellamonte, llegó la carga que trajo la señorita Lia.

Él volvió a mirarla.

—¿Qué carga?

Lia hizo un pequeño gesto con la cabeza.

—Hazla pasar.

Dos especialistas ingresaron cuidadosamente transportando la enorme pintura protegida por una caja de madera. La colocaron frente al escritorio y esperaron instrucciones.

Ella se acercó despacio, retiró la cubierta protectora y dejó al descubierto la magnífica obra renacentista que apenas unas horas antes había ganado por setenta millones de dólares.

Giorgio la contempló en silencio.

—Es hermosa.

—La compré para regalársela a mi futuro esposo.

Él volvió lentamente la mirada hacia ella.

—¿Y por qué me la das a mí?

Lia sostuvo sus ojos con una serenidad que escondía un corazón completamente roto.

—Porque te acabas de convertir en mi futuro esposo. Es mi regalo de bodas.

Giorgio acarició suavemente el marco de la pintura, después levantó la vista y, por primera vez desde que Lia había cruzado la puerta de su despacho, sonrió con una calidez casi imperceptible.

—Mañana estaré esperándote en el altar, futura señora Bellamonte.

Lia asintió sin añadir una sola palabra, cuando salió de la mansión, Giorgio permaneció inmóvil frente al cuadro durante varios minutos. Finalmente tomó su teléfono.

—Preparen un regalo de compromiso.

—¿A quién se lo enviará Don?

Él volvió a observar la pintura y una peligrosa sonrisa apareció lentamente en su rostro.

—El regalo irá dirigido a Don Matteo Rosseti.

—¿Qué debo decirle?

—Dile que esta noche iré personalmente a pedir la mano de su hija...

Colgó la llamada y apoyó una mano sobre el marco de la pintura, había esperado demasiados años y esta vez... no pensaba perderla otra vez.

—Esto será interesante.

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