Poco control.
—¿Por qué estás llorando, Dante?
La voz de Leila, la hija menor de Lorenzo, irrumpió en la tranquilidad de la noche. Dante, sentado en una banca alejada del bullicio de la fiesta, apenas levantó la vista. La celebración por la nueva pareja era un eco distante, amortiguado por el sonido de las olas rompiendo contra la orilla. Frente a él, el mar se extendía infinito bajo la breve noche, pero sus ojos azules estaban fijos en un punto inexistente, llenos de lágrimas que hablaban de enojo y dolor.