Distancia dolorosa.
En ese momento, se encontraban sentados a la mesa Lorenzo, Leila, Valeria e Isabella, rodeados del aroma a pan recién horneado, café negro y jugo de naranja recién exprimido. El ambiente, sin embargo, tenía algo de denso. Pesado. Como si todos supieran que faltaba alguien. Como si nadie quisiera decir en voz alta el nombre de Dante.
Leila y Valeria, sentadas una junto a la otra, jugueteaban con un collar de perlas que se habían comprado el día anterior en el pueblo, riendo entre murmullos mientras comían distraídas. Isabella, más silenciosa, se hallaba sentada junto a Lorenzo, dándole vueltas con la cuchara a su taza de café, ausente, como si su mente estuviera a kilómetros de allí.
Lorenzo rompió el silencio con la voz áspera y preocupada:
—Dante se está demorando mucho. Ya debería haber bajado.
—Puede ser, señor Lorenzo —respondió Valeria, con ese tono suyo que siempre traía una carga oculta—. Pero ya sabe cómo es la borrachera, jodida como ella sola... te quita hasta las ganas de l